martes, 31 de marzo de 2009

La calidad del tiempo


(16/7-06-05)

El café humeaba y su oscuro aroma se interponía entre ellos. Las miradas bajas, siguiendo el rítmico girar de las cucharitas endulzando la infusión. Ni una palabra asomaba a los labios. Ellos contrastaban con el resto de los parroquianos bulliciosos, que parloteaban de política, de fútbol y del tema que los diarios y demás medios imponían para ese día. Él le echó una mirada rápida, ella seguía callada, con la mirada en el pocillo humeante que sostenía delicadamente entre sus dedos; al fin, él tomó la palabra:
--Así que a fin de mes te confirmarían la titularidad, estabas esperando eso, ¿estás contenta al menos por eso? --le dijo mientras probaba un primer trago.
--Sí estoy contenta, pero no veo el por qué de tu ironía. --¿Nos hemos encontrado para agredirnos?
Sosteniendo la mirada, él trató de encontrar sus ojos. Ojos duros, no de rencor, sino de dolor y de orgullo; ella le sostuvo esa dura mirada, desafiante para no demostrar debilidad.
--Tienes razón, perdona lo imbécil de mi pregunta. --Encontrarnos para pelear no tiene sentido -–dijo tratando de ser conciliador. Y continuó:
--Sin que te ofendas, entonces, todo el tiempo que le dedicaste a tu trabajo está dando sus frutos. --Supongo que te alegras al ver coronado tanto esfuerzo.
--¿Estás pasando factura?
--Te dije que no -–contestó con evidente molestia-–. Y creo que eres tú quien se está poniendo a la defensiva.
--Sí, te dije que me alegra y hubiera querido que pudiéramos compartir este momento que sabes esperé mucho.
--¿Ahora eres tú la de los reproches? Te pido que tratemos de hablar como antes, sin pasarnos cuentas de nuestros olvidos. --¿Te parece?
--Sí, hagamos ese intento.
Un instante mudo de palabras los envolvió nuevamente. Los pocillos a la mitad descansaban en los platillos. Él, jugando con un sobrecito de azúcar para disimilar el temblor de sus manos y las ganas de tomar entre las suyas las de ella, fue quien de nuevo quebró el cristal de silencio que los separaba.
--¿Cuándo comenzó? --dijo trémulamente.
--¿Qué cosa?
--Esto de agredirnos, de dejar de tratarnos con cariño, de reprocharnos ausencias. --¿Cuándo dimos inicio esta guerra absurda que nos está distanciando?
--No lo sé. De un día para el otro estábamos así. Menos mal que no nos casamos antes. --Cuando yo te apresuraba. Creo que hubiera sido peor, y más doloroso.
--Ya lo creo que sí. ¿Pero es que el amor no cura todo eso? Digo, nos queremos --titubeó y bajó la mirada tomando un sorbo de café ya tibio--. ¿Nos queremos? Creo que esa es la pregunta.
--Por supuesto que nos queremos. Todavía lo hago, todavía sigo creyendo en esto que siento por ti. --Y tú tampoco puedes negarlo, al menos ante mí, no puedes disimular cuando mientes, cuando algo ocultas.
--Yo no te mentí.
--Muy pocas veces lo has hecho, y cosas ridículas, por eso me daba cuenta pronto cuando lo hacías. --Y que me sigues queriendo no puedes ocultarlo aunque trates de parecer duro, o de ser irónico conmigo.
--Sí, es verdad. Nos seguimos queriendo, lo sabía, sólo quería que bajaras la guardia, antes de proseguir.
--Pues continúa hablando.
--Bueno, se dice que el amor cura y purifica tantas cosas. Que nos va abriendo, que por él vamos conociéndonos, y lo más importante, que por medio de él vamos creciendo en aceptación el uno del otro, incluso antes de llegar a comprendernos mutuamente.
Ella lo interrumpió.
--Disculpa que te interrumpa ¿Te parece que la aceptación viene antes que la comprensión? Cómo vamos a aceptarnos si no nos comprendemos antes...
--Sostengo que está primero la aceptación. Porque podemos pasar o perder mucho tiempo intentando comprendernos y no lograrlo ni llegar a aceptarnos, entonces creemos que el amor no puede resultar y todo se va por la borda; antes te acepté como eres y cuando más comenzaba a conocerte, allí empezaba a comprenderte.
--Me parece lógico lo que dices. No lo veía de esa manera, aunque no me resultó difícil contigo, en muchas cosas eres trasparente y te cuesta ocultar cosas. Será por eso que no me llevó tanto tiempo.
--Sí, será por eso tal vez. Sigo con mi idea: si el amor hace eso, curar y purificar, por qué hemos llegado a esto. Pasábamos mucho tiempo juntos, y lo disfrutábamos. Hasta que tu trabajo y el mío comenzaron a ralear nuestros encuentros, y de un día para el otro los reproches nacieron, se instalaron entre nosotros y no los desterramos. Si había tanto amor entre nosotros, ¿cómo fuimos a caer en esto?
--¿Piensas que yo tengo la respuesta?
--No, no pensé que la tuvieras, porque sería continuar con estas ridículas acusaciones. Lo que pensé es que tal vez podríamos buscarla juntos. Al fin y al cabo, somos los directamente involucrados. El daño es mutuo, la carga compartida. Y si pensamos alguna vez en casarnos, esto tendríamos que haberlo aprendido.
--Hace cuánto que no te escuchaba hablar así, y no es un reproche, no te inquietes. Sólo que estás siendo como antes, cuando me causabas admiración y más me inquietaba el conquistarte.
--No me halagues, por favor.
--No, no te halago. Pero estar así de nuevo, intentando conversar sin caer rápidamente en las peleas; redescubriéndonos, intentando rescatar del naufragio nuestra relación me hace recordar aquella que fui, aquella que se enamoró de ti, aquello que te enamoró de mí.
--¿Te parece el tiempo que pasamos juntos?
--¿Cómo? ¿Qué hay con él?
--Si te parece que el tiempo que pasamos juntos fue bien aprovechado.
--Pasamos mucho tiempo juntos antes. Salidas, estar a solas y hablar, conocernos. ¿No lo disfrutaste?
--Pero no me refiero a eso, claro que disfruté estando contigo. Digo si de veras lo aprovechamos para conocernos o para disfrutar la compañía el uno del otro. Acaso no caímos en la tentación fácil de comernos a besos o de hablar cursilerías, de recitarte mis poemas o contarte anécdotas de antes de conocerte, de contarme acerca de tu perro o de lo molesta de tu vecina. Que si la computadora, que si yo bla, bla, que si tú bla, bla, bla. A eso me refiero.
Por primera vez la sonrisa asomó a sus rostros, despejando la bruma de reticencias que se confundía con el humo de un cigarrillo lejano.
--Vaya, pues a mi perro le agradas aún.
Y estalló la carcajada por aquella ocurrencia. Esa risa antes hubiera estado tan fuera de contexto, y llamó la atención de los otros parroquianos, quienes miraron a la pareja y olvidándose al instante de ellos siguieron con su perorata.
--¿No te parece que la cantidad del tiempo que pasamos juntos no es tan importante como la calidad del mismo?
--¿A qué te refieres?
--A que debimos aprender a hacer algo mejor de nuestros momentos juntos. Si pretendíamos casarnos, sabíamos que nuestros trabajos y obligaciones absorberían mucho de nosotros; sabíamos que ya no pasaríamos tanto tiempo juntos, aunque llegáramos a compartir el mismo lecho, y Dios sabe que eso lo he deseado tanto, ver el día cuando me despierte y tenerte a mi lado; la calidad del tiempo, de saber aprovecharlo, aunque sean breves espacios entre tus quehaceres y los míos. A veces pensé que eso era preferible; cuando pasaban dos o tres días sin verte, sin llamarte, sin que contestaras un e-mail, más crecían mis ganas de verte, más te deseaba cuando no te tenía cerca. Y también me parece que eso es preferible para que ninguno absorba al otro, para poder mantener nuestra mismidad, porque en definitiva, te amo a ti, y no pretendo que te conviertas o te asimiles a mí. Te amo a ti, y a lo que tú haces nacer en mí. No quisiera amar mi reflejo, y no quisiera que te pase lo mismo. Los dos seremos una sola carne cuando nos casemos, dejaremos nuestros padres y madres, pero no de ser quiénes somos, no dejaremos de lado aquello que nos llevó a enamorarnos uno del otro.
--Sí, el amor debe curar las rutinas, debe purificarlas. En eso tienes razón, amor -y a ella se le encendió la mirada cuando le dijo así--. Nos fijamos en que el tiempo que pasábamos juntos se estaba haciendo poco y no nos fijamos en la calidad de él. Nos faltaron ideas, creatividad para darle valor y calor. Y recurrimos a los reproches, ya no me interesa quién comenzó, pero fue el arma que preferimos, y las ironías y los golpes bajos, apuntando al corazón, para causar dolor, el mayor daño posible.
--Eso lo dejemos atrás. ¿Sí? ¿Vamos a intentarlo de nuevo? --y al terminar de decir eso se dio cuenta que las suaves manos de ella eran prisioneras de las suyas, habiendo hecho a un lado los pocillos vacíos.
Los parroquianos del café nunca vieron que esos dos pares de ojos, situados en la mesa junto a la ventana, brillaban como hacía tiempo no lo hacían. Y tampoco se dieron cuenta del beso que aquellos jóvenes se guardaron para después, a solas, que sellaría aquella reconciliación.

No hay comentarios: