miércoles, 22 de julio de 2009

EL DERROTADO (Cuento)

I
El humo del cigarrillo impregnaba la silenciosa quietud de la habitación en penumbras. El incómodo sofá estaba ya exhausto y aburrido del ocio de su ocupante. El hombre llevaba largas horas aletargado, ebrio de alcohol, tabaco y melancolía. Miraba sin ver la lluvia tras los ventanales empañados. Miraba sin ver la tristeza que tiene la lluvia bajo la luz de las lámparas de neón, con su tardo, eterno e inacabable descenso, negándose a morir en el oscuro pavimento, en algún innominado charco de acera.
Nada miraban los ojos llorosos. Ningún movimiento de los pesados miembros. Y la respiración sorda, lerda, refleja, era el único signo vital que denotaba que aquel bulto de carne y huesos era un ser humano.
Abatido, sí, es éste el mejor término con que calificarlo. Abatido, vencido. Una sombra de hombre. Sí, eso era precisamente lo que en aquella habitación había.
Por enésima vez el teléfono chillaba. Por enésima vez el contestador con su voz artificial e indolente denunciaba que no había nadie en casa, que intente en otro momento o deje su recado tras la señal; al teléfono una voz masculina reclamaba ser atendida por octava o novena vez en la jornada. Pero el contestador era falaz, o quizás no. ¿Puede mentir un aparato, o la mentira es sólo un vicio humano? Lo cierto es que era una situación confusa, pues había alguien en esa casa, pero no correspondía precisamente llamar ‘persona’ a ese despojo humano que yacía en el sofá.
Despertando de aquel dilatado letargo, buscó a tientas la botella de whisky que yacía sobre una desvencijada mesa ratona, sin una gota ya del elixir evasivo. Maldijo casi ininteligiblemente por quedarse sin licor. Maldijo su soledad, su caída estrepitosa e iba a maldecir algo o alguien pero se quedó con esa palabra sin atreverse a decirla, arrepintiéndose con un supersticioso temor.
Torpemente logró incorporarse, pero el alcohol dominaba todo su cuerpo, era el amo de los miembros que ya no le respondían. Nuevamente se dejó caer pesado sobre el sofá. Ahuyentó las sombras encendiendo una vetusta lámpara de pie que tenía al alcance de su mano. Una vaga luz amarillenta infundió un aire de tristeza en la habitación, que de no ser por el desorden imperante, hubiera mostrado un buen gusto decorativo, seguramente de mano femenina.
Sobre la mesita donde yacía la botella vacía y los cigarrillos, junto a un colmado cenicero de puchos a medio expirar y grises cenizas, se encontraba tendido el retrato de una mujer (seguramente la del buen gusto decorativo), con una sonrisa amplia capaz de iluminar mejor que aquella antigua lámpara, y poseedora de unos ojazos negros que bien podían ser tentación y perdición de un devoto sacristán. También había allí, junto al retrato un papel pálido y ajado que dejaba distinguir unos delicados trazos azules.
Parecía una carta, leída y releída por aquel ignoto desgraciado como los eruditos que releen la Biblia buscando en ella nuevas revelaciones; tal vez aquel lo hacía queriendo cerciorarse de que aquella no dice eso que dice. Buscando que se desmienta; que sea evangélica y no funesta.
Y por enésima vez, el hombre tomó entre sus temblorosas manos delicadas y cuidadas el retrato de la sonrisa y los ojazos, y también tomó con mucho mayor temblor la misiva.
Será de suponer que aquellas cosas que sus manos apretaban eran la causa de tanta desidia y derrota. Será de suponer que aquel ser infeliz se había derrumbado por aquella representante de esa delicada, hermosa, y peligrosa especie que son las mujeres. Será de suponer que aquel hombre fue vencido por el amor, y se está muriendo de amor y desamor.
El teléfono vuelve a quebrar el monótono silencio que se acompaña a veces de sollozos, y otra vez el contestador cumpliendo su misión. Una voz de hombre, la misma de hace un momento atrás, que denota aflicción reclama ser atendida y se da por vencido al cabo de unos minutos, diciendo antes de colgar: ‘Voy para allá, estoy preocupado por vos’.
El hombre se pone nuevamente de pie, con cierta dificultad y pesadez, con la carta y el retrato entre sus manos se arrima al ventanal. En la calle unas pocas personas anónimas, presurosas van y vienen, esquivándose y eludiendo charcos. El hermetismo de la habitación lo aísla de todo el ruido exterior, ante sus ojos pasan sólo imágenes mudas. La noche húmeda y amurriada conspira contra aquel desventurado, sumiéndolo aun en más profundo penar.
Con un desconocido aire resuelto, deja la carta a un lado, y conservando sólo el retrato se dirige hacia un mueble que exhibe cristalería y platería fina. Abre un cajón y extrae algo pequeño, metálico, frío, que empuña fuertemente. Pero aun le tiemblan las manos. Vuelve hacia el sofá y se deja caer. Mira alternadamente los objetos que porta en sus manos, una y otra vez. Las lágrimas lo vencen y sin resistencia fluyen de los ojos apagados.
Afuera sigue la humedad de la lluvia, adentro la de las lágrimas. Pasan los minutos pero todo sigue igual.
Por primera vez dice algo, con su voz quebrada y ronca, lastimera como la del cobarde que implora piedad ante su verdugo. Se le oye decir: -‘Dios, si es que existís, ¿dónde estás ahora?. Ves, yo tenía razón acerca de vos, sos un mal para los hombres, se confían en vos pero siempre los defraudás, pero a mí no me engañaste nunca. No existís, Dios, eres un invento inútil. Y en lo que voy a hacer no hay pecado, porque no existís para que te ofenda, lo que voy a hacer es medicina. ¿Entendés?’
Deja el retrato sobre la mesita y apoya contra su barbilla el objeto metálico. La luz de la lámpara delata que es un pequeño revolver. El dedo sobre el gatillo tiembla, da una última mirada a la sonrisa blanca del retrato y luego cierra fuertemente sus ojos llorosos.
El silencio se quiebra con un estallido terrible...

II
Sorprendido, el hombre mira en dirección del ventanal que se ha roto, del exterior llegan los sonidos de la lluvia junto a los del ir y venir de los coches, del borde de unos de los trozos del cristal bajaba lentamente como esperma de cirio un hilo de sangre, la vida se cuela por la ventana rota.
Posada en la mesita, con su mirada asustada, una nívea paloma gime frente al fallido suicida. Extraviada seguramente en la tormenta, toda empapada y herida por el filo del cristal, la paloma mira al hombre con tiernos ojos inquisidores. El hombre nada hace, su corazón se agita veloz; la sorpresa y extrañeza han desplazado al miedo por un momento. La paloma sigue allí, con su misma mirada y el mismo gemir. La mancha escarlata gana más el níveo plumaje.
El llamado del timbre, agudo y desesperado, lo saca del asombro pavoroso. El timbre sigue llamando, la puerta grita con su voz de madera. Alguien llama desde afuera, la misma voz que estaba al teléfono reclama atención: -‘¡Martín, soy Jorge, abríme por favor! ¡Martín! ¡Sé que estás allí, abrí!’
La paloma sigue allí, estática. El desventurado se levanta, todo lloroso y aún preso del asombro. Va hacia la puerta, gira la llave y la abre. Frente a él la afligida imagen de su amigo se le aproxima.
-‘¿Qué te pasa hombre? Te estuve llamando todo el día. Me tenías en suspenso y con un miedo atroz.’ Se detiene al observar el estado del cuarto, la figura demacrada del hombre, mira la ventana rota, la paloma gimiendo sobre la mesita, y el arma todavía en la mano del amigo.
-‘Dios santo, ¡¿qué ha pasado aquí?! ¿Martín, que ibas a hacer, hermano?’. Con un gesto seguro y rápido quita el arma al pobre hombre. Su cara denota una preocupada sorpresa.
Balbuceando entre lágrimas, con la misma voz ronca y quebrada, como un niño que cuenta a su madre su accidente, dice a su amigo oportuno: -‘Dios, él parece que sí existe. Ella me salvó’ -Y señaló la paloma. ‘-Si ella no hubiera aparecido ahora no me encontrás vivo’.
-‘Hombre, ¿qué cosas dices? Vení, sentate. Me tenías muy preocupado y temí esto por un momento. Vení, dale.’
El teléfono suena nuevamente. Los hombres lo dejan sonar. El amigo prefiere prestar su hombro al abatido ser que llora como un niño. La paloma sigue allí, igual, nívea, seca y extrañamente su mancha escarlata a desaparecido, pero nadie se da cuenta. El contestador cumple su autómata tarea. Una delicada voz de mujer deja su mensaje luego del beep.
-‘Señor Quiroga, llamo de la funeraria, hemos dispuesto todo para el sepelio de su esposa. Pase cuando pueda por nuestra sala, lo estamos esperando. Hasta luego.’

20/05/96

2 comentarios:

rara calma dijo...

hola amigo!! me encanta Josh Grobang! te felicito por la música, está muy buena.
En cuanto al cuento, voy por la mitad!

Te mando un beso!!

rara calma dijo...

Ya lo he leído. Me resultó muy interesante, están muy bien usados los adjetivos y no hay sobrecarga. El desenlace sorprende tramo a tramo. Me encantó la figura de la misteriosa paloma.
Te mando un beso
arte